lunes, 7 de septiembre de 2015

El miedo a estar "desconectados"

Vivimos en un mundo donde nos gusta desconectar en cualquier oportunidad que nos ofrece nuestras monótonas vidas. Cada día representamos papeles aprendidos y funcionamos como autómatas que no quieren hacerse responsables de su propio caminar. Esperamos con ansias los fines de semana, unos momentos que se convierten en una panacea que nos permite escapar de la rutina diaria, y sin embargo, siempre acaba llegando el fatídico domingo por la tarde que nos vuelve a recordar que se acerca el lunes y con él nos acecha también nuestra cruda realidad.


 Trabajamos toda la semana a la espera de que sea viernes por la tarde, así una semana tras otra. Aún recuerdo ese compañero de trabajo que repetía religiosamente cada lunes por la mañana nada más llegar su típica frase de  “ya queda menos para el viernes”.Y el viernes llega y también el sábado, y el domingo y el lunes… y van pasando los días como si viviéramos en una misma película que siempre se repite, como si nos encontráramos en ese sueño de la marmota donde hagas lo que hagas da lo mismo, porque el lunes vuelve a aparecer y con él la condena de la rutina del paso incesante de la vida.

Y pasan los días y pasan los meses y esperas tan sólo ese tiempo de vacaciones donde poder por fin desconectar para olvidar tu presente. Pero las vacaciones también terminan y con ellas después vuelven a quedar once meses esperando a que de nuevo se repitan. Y así un año y otro hasta que poco a poco vaya pasando tu tiempo productivo.

Siempre buscando escapar del día a día cuando en realidad la vida no es más que eso, un día y otro al que tú y sólo tú puedes aportar un sentido y una orientación.

Y caminas por la calle sin saber ni siquiera por donde estas pisando y te encuentras con familiares y amigos sin estar presente en realidad, porque lo cierto es que aunque buscas constantemente desconectar, la verdad es que eres una persona que vive totalmente en desconexión con su aquí y ahora. En realidad habitas un presente del que estás totalmente separado.

Caminas mirando tu teléfono móvil, estás en reuniones donde dedicas más tiempo a ver lo que te muestra esa mágica pantalla al mundo virtual antes que a descubrir todo lo que puede ofrecerte la persona que te acompaña. Llegas a tu casa y sientes pánico a la soledad de estar contigo y pasas horas y horas navegando por Internet. Pasan los días y vives en una desconexión absoluta de tu ser y ya ni siquiera eres capaz de disfrutar de un tiempo en paz al aire libre, de una charla, de una mirada, de un beso o de una caricia sin que tu teléfono móvil sea ese ser omnipresente que ha de estar en todos los instantes de tu vida para registrarla y para mostrarla. Ya no basta con que te quedes en tu vivir, ahora además tienes que enseñarlo en las redes sociales y tus ciber-amigos tienen que decirte que les gusta y así mientras más “me gusta” tengas parece que estas más orgulloso de lo que has experimentado.

Lo cierto es que nos hemos creído personajes de la prensa del corazón que han de enseñar constantemente todo lo que van viviendo. Hemos creído tener más amigos por ser más conocidos en las redes sociales, cuando en realidad la única amistad que nos acompaña a veces es la de la propia soledad. Hemos creído también que somos personas superimportantes que tenemos que estar comunicados las veinticuatro horas del día por miedo a reconocer que en realidad somos seres insignificantes, seres incapaces de mirar con quien nos cruzamos por la calle porque en realidad no vemos a nadie y tampoco nadie nos ve.

En ocasiones ante el miedo a la soledad, cuando llega la noche, te conectas al espacio virtual buscando a alguien que se sienta en las mismas circunstancias que tú, buscando entretenerse de cualquier manera para no ser consciente de lo que en realidad sientes. Nos quejamos tanto, huimos tanto…

Hemos creado una necesidad en el hecho de vivir enganchados al teléfono móvil y todo lo que su uso lleva consigo. Es muy triste ver a los bebés mirando una tablet o un móvil mientras sus padres toman una tapa en cualquier bar, acompañados por supuesto de esos teléfonos que tiene que estar siempre presente en la mesa aunque se pretenda disfrutar de una comida tranquila. Se les está alineando a los pequeños desde su más tierna infancia para que no hagan ruido, para que no se aburran, para que no se muevan y no molesten, y después esos mismos padres se quejan de la dependencia que tienen sus hijos en el uso de las “maquinitas” y en como ya ni siquiera saben jugar ni relacionarse con otros niños. Y digo yo ¿es que acaso los adultos no están haciendo lo mismo? ¿Y si en lugar de mirar constantemente el teléfono móvil o de usarlo más de cinco horas o más al día nos diéramos cuenta de que hemos caído en una dependencia que nos hace estar desconectados de nosotros y de todo lo físico que en realidad nos rodea?

Te lanzo varias preguntas: ¿puedes vivir sin utilizar un día tu teléfono? ¿Puedes dejarlo en tu casa o apagarlo y simplemente volver a recordar el placer de caminar o de charlar con alguien sin interrupciones? ¿Puedes salir sin llevar el teléfono móvil contigo? ¿Cuántas veces lo usas en una hora? ¿Realmente te crees tan importante que tienes siempre que estar conectado virtualmente al mundo para estar desconectado de ti y de tu realidad?

No sé tú, pero yo desde luego me he dado cuenta de que todo esto de la conexión hasta para ir al baño no tiene en realidad ningún sentido, vamos por la calle como robots, ya ni siquiera respetamos a quien nos acompaña porque si suena el móvil eso es lo más importante del mundo. Quiero volver a sentir la libertad de caminar o de charlar sin la interrupción de ese objeto que parece tan imprescindible, quiero dejar de mostrar mi vida públicamente para dedicar tiempo a lo que realmente me interesa, a las personas a las que quiero y a disfrutar del silencio de la conexión conmigo misma.

No tiene sentido esta absurda dependencia a un objeto que en lugar de facilitarnos la vida lo que está creando es a personas enganchadas que no saben vivir sin el teléfono móvil y que además sienten pánico a no tenerlo o a quedarse sin batería en un momento determinado… No tiene sentido, o mejor dicho, no tiene sentido para mí aunque puede que para ti sí lo tenga…

Yolanda Morales Pereira
Antropóloga social y cultural. Formadora en recursos personales, motivación y gestión del talento a través del Coaching, del Mindfulness y la Biodanza. Creadora de Bioexpresión®

yolandamoralespereira@hotmail.com